James Rhodes: “Si no hubiera conocido a Bach, yo estaría muerto”

James Rhodes

James Rhodes

“En la vida de cualquier persona hay un pequeño número de momentos tipo princesa Diana. Cosas que pasan, que nunca se olvidan y que tienen un impacto significativo en tu vida”, afirma James Rhodes, uno de los concertistas de piano más populares en el Reino Unido. Esta frase que para muchos de nosotros nos haría pensar en instantes como la primera vez que nos acostamos con alguien, el día que conocimos al amor de nuestra vida o empezar un nuevo trabajo, para él tiene un significado más estremecedor y espeluznante. Tres de esos momentos los considera una pasada: conocer a Hattie (su actual pareja), el nacimiento de su hijo y la Chacona de Bach y Busconi. El cuarto le cambió para siempre: le violaron por primera vez a los seis años. Estas violaciones que se prolongaron a lo largo de cinco años, de forma dolorosa y agresiva desencadenaron “el puto apocalipsis”, así de crudo y claro lo describe Rhodes. A partir de ahí comenzaron los trastornos físicos y mentales, su adicción al alcohol, las drogas, al sexo y a las autolesiones con cuchillas, pasando por cinco intentos de suicidio, entradas y salidas de hospitales psiquiátricos y la pérdida de la custodia de su hijo.

Todo esto hubiera destrozado la existencia de muchos de nosotros, pero en la vida de James Rhodes apareció algo que le salvó la vida: la música. Concretamente la música clásica. Más concretamente, Johann Sebastian Bach. Todavía nos da más detalles. Su Chacona para violín solista en la versión para piano que transcribió Busoni. “Si no hubiera conocido a Bach, yo estaría muerto”, confiesa Rhodes. El flechazo se produjo con tan sólo siete años, cuando en la casa de su infancia encontró una casete con una grabación en vivo de esa pieza. Puso la cinta en un viejo walkman, y en un abrir y cerrar de ojos se alejó y se evadió de aquel monstruoso dolor físico y de todo cuanto le estaba pasando. Nos dice Rhodes en su libro “Instrumental” que aquello fue como entrar en trance mientras vas puesto de ketamina. La música tocó algo en su interior. Su existencia sería una existencia dedicada a la música y al piano. Esa pieza, junto a otras piezas musicales, salvó su vida.

El pianista inglés que se ha convertido en el gran renovador de la música clásica define a Bach, a Beethoven, a Chopin, a Listz, a Ravel, a Rajmáninov, y a tantos otros compositores clásicos como los rockstars originales. Si esta música se escucha pasados más de trescientos años, es una buena razón para explorarla. “¿Sucederá lo mismo con Coldplay en cien años?. Quizás, pero permíteme dudarlo”, esgrime Rhodes. Defiende con vehemencia que la música clásica debe dejar de pedir perdón por lo que es. El problema lo identifica descarnadamente: “La industria de la música clásica solo se dirige a una parte pequeña de la población; la gestionan, en su mayor parte, gilipollas ampulosos y anticuados a los que parece procurar un placer perverso seguir garantizando que la música “de verdad” sea el privilegio de una escasa élite a la que consideran lo bastante rica (y, por tanto, lo bastante inteligente) para entenderla”. Y nos reta y provoca cuando reconoce que si somos de los que piensan que ir a un recital de piano nos puede parecer tan apetecible como ir al dentista que acudamos a uno de los suyos: “Piensa que será algo desenfadado, incluyente, que la música será grandiosa”, así nos tienta Rhodes

Sus recitales son audaces, modernos y atrevidos. Presenta las piezas, habla de los compositores, charla con el público entre una y otra. Lleva gafas de pasta hipster, toca en tejanos y camiseta, luce tatuajes (lleva el nombre del compositor ruso Rajmáninov en cirílico en su antebrazo), y lee las partituras en un iPad. “La música clásica me la pone dura”, proclama. James Rhodes se expresa con palabras de una sinceridad cruda y desgarradora en su libro recientemente publicado “Instrumental“, pero la música no necesita palabras. Y la de Rhodes es si cabe más profunda e intensa que ellas. ¿No merece la pena acercarnos a su música?.

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